miércoles, 14 de mayo de 2014

EL ROSAL UN SITIO HISTORICO EN NUESTRA MEMORIA






Tras el triunfo de la Batalla de Maipú se debilitan los ánimos del ejército realista en retirada, surgía el temor y sus temidas consecuencias y el reinante clima de inseguridad y desconcierto preocupa a los habitantes del antiguo convento de las monjas trinitarias de Concepción, quienes deciden abandonar dicho convento para buscar refugio en lugares más seguros. Así es como nos señala este histórico suceso el historiador José Alejandro Pizarro Soto quien nos señala en su libro “Lebu, de la leufumapu a su centenario” que las monjas trinitarias de Concepción abandonan el convento un 24 de septiembre de 1818. Esta congregación religiosa estaba compuesta por 32 monjas, cuatro capellanes, algunas viejas criadas, y un noble y fiel servidor del convento que había querido seguirlas junto al precario equipaje se incluían también unos famosos candelabros de plata. Y frente a la apremiante situación se repartían entre lanchas y balsas donde por cerca de una semana navegan por el rio Bio Bio rumbo a la ciudad de Nascimiento, en busca de un nuevo refugio. Durante la navegación se ha extraviado la totalidad de la documentación perteneciente al convento como títulos de propiedades, hipotecas y prestamos. También sufren la lamentable perdida del archivo fundacional del convento. Perdidas irreparables que las aguas del rio Bio Bio se llevaban para siempre. Las monjas trinitarias permanecen en la ciudad de Nascimiento cerca de tres meses, pero las noticias de la ocupación de Concepción por el ejército de las fuerzas patriotas las hacen abandonar el lugar en busca de un nuevo refugio, ocasión en que se unen a la fila del coronel Sánchez, quien encabeza el ejercito realista en retirada que se dirige hacia la ciudad de Angol, donde en el camino son interceptados por un ejercito de avanzada comandado por el general Ramón Freire, quienes al comprobar que en la columna de Sánchez avanzan también estas monjas se ordena de inmediato poner alto al ataque. Así continuaba la difícil peregrinación de las monjas trinitarias quienes seguían sorteando las innumerables dificultades propias de su condición de religiosas, y donde con el paso de los días, la precariedad se iba haciendo más notoria. Ya unidas al ejército realista permanecen unos días en la ciudad de Angol donde llegan a mediados del mes de enero de 1819. En esta oportunidad el Coronel Sánchez decidía cruzar la cordillera de Nahuelbuta y a pesar de la escarpada topografía del lugar estas admirables monjas logran llegar a Tucapel en medio de espesos bosques, por interrumpidos senderos, donde finalmente los primeros días de febrero pernoctan en este lugar por un par de días. El coronel Sánchez decide esta vez dividir sus fuerzas en dos grandes bandos, los mas avezados y conocedores del terreno se unirían a las fuerzas de Vicente Benavides, en el norte de la Araucanía, y el ejercito español por otro lado dirigido por el mismo Coronel Sánchez, tomarían el camino de Tirua con el fin de llegar hasta Valdivia, y por ultimo las monjas trinitarias partirían hacia el valle de Lebu, donde serian rescatadas mas tarde por un barco que saldría de Valdivia, para luego recogerlas en la boca del rio Lebú y enseguida llevarlas al Perú. Y es así como Las monjas trinitarias llegan al valle de Lebu, la ultima semana de febrero de 1819, donde son recibidas por un hombre de confianza del coronel Sánchez, quien las conduce al pequeño rancho de su propiedad en la ladera del cerro junto a la boca del Rio Lebu. En esta congregación habían religiosas bastante jóvenes y otras de muy avanzada edad, como el noble y viejo servidor del convento quien se había encargado de custodiar aquellos antiguos candelabros de plata, únicos bienes que hasta el momento poseían las monjas, ya que los bienes patrimoniales del convento se deshacían en medio de las profundidades del rio Bio Bio. Con el paso de los días saltaba a la vista el gran inconveniente que surge por la estrechez del pequeño rancho y al poco andar la gran generosidad de don Andrés Lobos, propietario de los terrenos del Rosal, a orillas del Rio Lebu, cedía a las monjas un par de casas de buena madera donde las monjas habilitan cómodos espacios parta todos ellos. Se esmeran por hermosear el lugar y organizan una gran huerta que les permite el poder alimentarse. Habilitan también una capilla donde los lugareños solían asistir a oir misa. Lo que nos hace pensar en la posibilidad de que las monjas trinitarias también hayan cumplido una labor evangelizadora en el lugar, mantienen también un dispensario donde entregaban atención de primeros auxilios, especialmente en el periodo en que el valle de Lebu se vio afectado por una violenta epidemia de tifus, en la cual también fallecen cinco de estas monjas. Los pocos recursos se agotaban por esos días y las monjas deciden alejarse por un tiempo del lugar, por lo que se proponen llegar hasta Valdivia. En medio de aquel viaje surgen inconvenientes que no les permiten seguir avanzando y deben devolverse  nuevamente al Rosal, donde encuentran un total deterioro, don de las casas están prácticamente inhabitables, los efectos de la fuerte epidemia mostraban el abandono total de los ranchos aledaños, por lo que las monjas buscan resguardo en Pehuén, el que seria su ultimo refugio en este lugar, pues al poco tiempo son ubicadas el 15 de diciembre de 1822, siendo enseguida trasladadas hasta Valparaíso, donde son reintegradas a un conocido convento de esta ciudad. Cabe destacar el interesante aporte que hace a esta crónica el historiador Raúl Hermosilla Hanne, quien afirma que al finalizar la guerra de la independencia unos patriotas llegan buscando refugio en el Rosal, cuando este aun estaba en manos de las Monjas Trinitarias, quienes aportan sus famosos candelabros de plata que son fundidos y transformados en un buen numero de monedas que se acuñaron en este histórico lugar. Estas monedas llegaron a tener cierta fama y se conocieron como las “Monedas Trinitarias”. También el historiador Raúl Hermosilla Hanne afirma que “actualmente solo van quedando dos o tres nada mas y que estas monedas hoy tienen un gran valor y son consideradas como piezas únicas de colección”. Es así como este hecho constituye el importante aporte que hace El Rosal a nuestra historia, en donde en aquellos lejanos días de la independencia se acuñan en este histórico lugar aquellas famosas monedas trinitarias que en definitiva fue el testimonio que dejaban estas monjas de su paso, por Lebu. El final de esta historia da cuenta de la vida de estas religiosas que vivieron largos años, alguna de ellas pasando los cien, y estos son los milagros que siempre Lebu concede, a quienes buscan en su lecho el refugio entre la tierra y el mar, que nunca nos abandonaran y esta es una historia verídica que nos hace pensar que esta tierra de Lebu, es una tierra de prodigios y de milagros. 


Publicado en Revista Cultural "El Bote", n 83, Enero, 2012, Lebu.

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