jueves, 12 de marzo de 2009

EVOCACIÓN DE NIÑEZ

Entre un sinnúnero de recuerdos me detengo frente a aquellos que se fijaron para siempre en mi memoria. Gratas y lejanas vivencias que hoy evoco junto a mi padre, el historiador José Alejandro Pizarro Soto, cuando en aquellos lejanos días viajábamos a Lebu en el nostálgico e inolvidable tren, para pasar en su compañia las esperadas vacaciones de verano. Por ese entonces la llegada del tren a Lebu era todo un acontecimiento social y lugar obligado de encuentros y paseos. Como no recordar aquella travesia con características mágicas que el tren hacía durante la travesía por la zona de La Cordillera de Nahuelbuta, en su marcha lenta en que la gente se bajaba del tren para caminar junto a éste, entre la matizada vegetación que reverdece a orillas de la línea férrea, en donde más de una vez cortamos ramitos de flores de distintos colores. Las bromas eran habituales y todo el mundo compartia, era impresionante ver que durante el trayecto por esta zona las curvas eran tan cerradas que podiamos ver la locomotora casi al lado nuestro luego volvia desaparecer al enderezarse y la perdiamos de vista. Era el momento en que la voz de mi padre enronquecida por la emoción me contaba acerca de las viejas locomotoras que le habían impactado tanto en su infancia. Eran las mismas con las que habia jugado tantas veces en el recinto junto a la estación de Lebu, que por esa época estaba tan próxima a su casa. "La Chica", "La Gringa" y "La Negra", eran los nombres que la gente le puso para reconocerlas.
Por aquel tiempo se hacia el cambio de líneas y el tren se enganchaba a la locomotora chica que iba conducida por el maquinista, mientras que en la parte posterior se acoplaba "La Negra", que era una locomotora grandota que servia para hacer el contrapeso en la bajada que hacia el tren en el último tramo hasta llegar a la Estación de Lebu. Esta pendiente era considerada la más inclinada de Chile. Los llamados fogoneros, palas, en mano, iban tirando arena sobre los rieles, para impedir así que las ruedas del tren resbalaran, haciendo más lento su descenso. Ya en la década del 30, se habia producido un gran accidente en el mismo lugar. El tren que se dirigia a Lebu descarrillo volcando la totalidad de sus vagones, tras un triste y lamentable accidente que costó la vida de muchas persons y que la crónica de la época, recordó como uno de los sucesos más tristes que enlutaron a Lebu.
Tras dejar el cargo de contador de la "Compañia Carfonifera de Lebu", mi abuelo Abraham Pizarro, es nombrado como contador de la empresa de ferrocarriles de "Lebu a Los Sauces", cargo que le permite viajar con gratuidad en tren por varios años. Así recordaba mi padre esos enraizados recuerdos de niñez en donde junto asus hermanos Sergio Pizarro y Gabriela Pizarro, acompañaban a su padre, en estos viajes. Llegaron a familiarizarse de tal modo con el entorno, que con el tiempo llegaron a conocero en profundidad. A mediados de los años sesenta es cuando comienzo a viajar hasta Lebu, con mi padre en forma ininterrumpida, período en que se estrechan sinceros lazos de amistad en el reencuentro con familiares y círculo de amigos.
Y es precisamente la intención de este artículo, rescatar momentos vividos de esa época que resurgen en medio de la melancolía, en compañia de mi padre, llegando en uno de tantos viajes a la estación de Lebu, y que era impresionante por esos días en que lo veía aún joven y lleno de vida, abrazando a sus amigos y saludando a todo el mundo. Ahí estaba siempre el señor Carrera a quien llamábamos "Carrerita", propietario del único automóvil de alquiler con que Lebu contaba en esa época, enviado a la estación por la tía Selma Manchot para llevarnos al "Gran Hotel Rocha", ubicado en la calle Pérez 309 y de su propiedad. Ahí estaba nuevamente ese querido lugar y la gran cocina familiar amenizada por la anfitriona de lujo que fue la tía Selma, con su inconfundible alegría que contagiaba e irradiaba, en esa gran mesa familiar compartida también con el padre Ramón Punti y los chistes de la tía Selma, tan subidos de tono que el padre terminaba persignándose.
Selma Manchot para mí es todo un personaje al frente de lo que fue una aunténtica embajada cultural. Los salones del gran hotel "Rocha", no sólo abrieron sus puertas para elegantes recepciones de todos los tiempos, sino que también recibió exposiciones culturales y visitas ilustres, como es el caso del poeta Pablo Neruda, con quien tuve el honor de compartir la mesa, también junto a mi padre y a sus inseparables amigos: Humberto Cid, Juan Quiroga y Manuel Salgado. Neruda armó, me acuerdo, un barquito de papel con una de las servilletas durante aquel almuerzo. Recuerdo que puso su nombre y me dedico una frase: "La poesía siempre será la respuesta". Más tarde los acompañamos despues de salir del hotel "Rocha" por la calle Pérez
rumbo al río. Mi papa dejó una botella de vino, la cual se devolvió a buscar a la cantina y Neruda tomaba sorbos de está, declamando al viento versos y frases acerca de Lebu y del amor.
Este es un maravilloso recuerdo que consevo en mi memoria. Después caminamos hasta el muelle de madera, y desde entonces yo conservaba en mis manos el barco de papel y será siempre para mí este un momento único.
Cuando regresé aa la sala del hotel, supe que Neruda había estado leyendo en el Liceo y que había llegado a Lebu, invitado a través de una gestión hecha por Sergio Faúndez, destacado profesor, luchador incansable de la cultura del pueblo.

Publicado en Revista Cultural "El Bote", n 54, Octubre, 2008, Lebu.

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